Y mientras miro hacia atrás, comprendo que mi historia no ha sido escrita solamente con momentos felices. Ha sido tejida con alegrías y lágrimas, encuentros y despedidas, sueños cumplidos y otros que aún esperan su momento.
He conocido pérdidas que dejaron silencios profundos en mi corazón. He atravesado desafíos que me hicieron preguntarme: «¿De dónde sacaré fuerzas para continuar?» Hubo días en los que avanzar parecía difícil y noches en las que solamente Dios conocía la profundidad de mis lágrimas.
Pero aquí estoy, de pie, con fe, amor, gratitud, perdón y esperanza.
No porque la vida haya sido fácil, sino porque Dios ha sido fiel.
A lo largo de estos años he aprendido que la fortaleza no significa no caer, sino encontrar la manera de levantarse. Que llorar no nos hace débiles y que pedir ayuda no nos hace menos valiosos. También aprendí que algunas heridas no desaparecen; simplemente aprendemos a vivir con ellas de una manera diferente, convirtiendo el dolor en sensibilidad, la experiencia en sabiduría y las cicatrices en testimonios.
Hoy agradezco incluso las etapas difíciles, no porque haya disfrutado el dolor, sino porque cada una dejó en mí una enseñanza. Me enseñaron a valorar más la vida.
A abrazar más fuerte.
A decir «te quiero», sin esperar mañana. A comprender que detrás de una sonrisa puede existir una batalla que nadie conoce.
Y quizás por eso mi profesión y mi manera de escribir han adquirido un significado todavía más profundo:
«Acompañar a otros desde un corazón que también conoce el dolor.»
A mis 59 años no quiero presumir de haberlo superado todo. Quiero agradecer que, aun en medio de aquello que no pude cambiar, Dios me dio fuerzas para seguir.
Agradezco a Dios por mi familia de origen, por mis amados y recordados padres y por mis amados hermanos, quienes con su amor, ejemplo y dedicación me ayudaron a forjar mi carácter.
A mi amado esposo, quien ha sido mi compañero ideal, mi apoyo y mi cómplice en todo momento.
A mis hijos y nietos, quienes llenan mi vida de sentido y me recuerdan cada día que el amor todo lo puede, y que con paciencia y paz siempre es posible seguir adelante.
No llego a esta edad con todas las respuestas.
Llego con más fe.
Con más gratitud.
Con más sabiduría.
Con más sensibilidad ante el dolor de los demás.
Y con la certeza de que todavía tengo mucho por vivir, por aprender, por amar y por aportar.
Por eso, en este nuevo año de vida, no le pido a Dios que quite todas las dificultades de mi camino. Le pido que me conceda salud, discernimiento, fortaleza y un corazón dispuesto a continuar sirviendo.
Que me permita seguir sembrando palabras de esperanza.
Seguir acompañando personas y familias.
Seguir escuchando corazones.
Seguir abrazando la vida.
Seguir escribiendo desde el alma.
Y seguir siendo instrumento de bien allí donde Él decida colocarme.
Hoy también recuerdo con amor a quienes fueron parte de mi historia y ya no están físicamente conmigo. Sus ausencias forman parte de mis lágrimas, pero también de mi gratitud. Porque haber amado profundamente significa que algunas personas permanecen para siempre en nuestro corazón.
Comprendo que la vida no se mide solamente por los años que vivimos, sino por la huella que dejamos en el corazón de quienes encontramos en el camino. Y mientras Dios me conceda un nuevo amanecer, quiero seguir dejando una huella de fe, amor y esperanza.
Y entonces entiendo algo que hoy quiero decirme a mí misma:
«No llego an mis 59 años porque la vida haya sido fácil; llego porque Dios ha sido fiel. Cada adversidad fortaleció mi fe, cada pérdida me enseñó a valorar la vida y cada amanecer confirmó que, mientras Dios tenga un propósito para mí, siempre habrá una nueva razón para seguir adelante.»
Hoy no cuento solamente años.
Cuento bendiciones, personas que han amado mi vida, experiencias que me hicieron crecer, oportunidades que Dios me regaló, momentos que todavía me hacen sonreír.
Y cuento, sobre todo, las veces que pensé que no podía más… y descubrí que Dios todavía tenía fuerzas reservadas para mí.
Hoy puedo decir con humildad:
«Dios no evitó todas mis tormentas, pero nunca permitió que las atravesara sola.»
Y si algo deseo conservar para los años que vienen es esta certeza:
«No permití que el dolor definiera mi destino; permití que Dios transformara mi dolor en propósito.»
Que mis 59 años sean una nueva etapa de plenitud, servicio, amor y esperanza.
Que pueda mirar hacia adelante sin miedo, disfrutar más de las pequeñas cosas, reír más, abrazar más, perdonar más y agradecer más.
Y vivir cada día con la conciencia de que la vida es un regalo demasiado hermoso como para dejar de celebrarla por aquello que perdimos.
Hoy celebro mi existencia, mis aprendizajes, mis cicatrices y mi fe.
Celebro a quienes caminan conmigo.
Y celebro al Dios que me ha sostenido hasta aquí.
«Gracias, Señor, por mi vida.»
Por lo que fue.
Por lo que es.
Y por todo aquello que todavía está por venir.
Hay cumpleaños que se celebran contando años y hay otros que se celebran contando milagros.
Hoy cuento los míos.
Porque después de los momentos oscuros, todavía puedo sonreír.
Después de tantas pérdidas, todavía puedo amar.
Después de tantos desafíos, todavía puedo levantarme.
Y después de tantas preguntas, todavía puedo decir:
«Confío en Ti, Señor.»
Mis 59 años no son solamente una celebración de vida; son un testimonio de fe.
Y mientras Dios me conceda un nuevo amanecer, seguiré caminando, creyendo, sirviendo y sembrando esperanza.
Con la convicción de que el propósito que Dios tiene para mi vida es mucho más grande que cualquier dolor que haya tenido que enfrentar.
Enerolisa Díaz De Jesús De Peña.
16 de agosto de 2026