
En tiempos donde la libertad de expresión enfrenta constantes desafíos, el rol del periodista colegiado adquiere una dimensión crucial para la democracia. No se trata solo de informar con veracidad y responsabilidad, sino también de salvaguardar un principio que constituye la columna vertebral del ejercicio periodístico ético: la protección de la fuente.
Un periodista colegiado, amparado en la ley y en los códigos deontológicos que rigen la profesión, tiene no solo el derecho, sino el deber moral y legal de proteger la identidad de quienes le confían información de interés público, incluso frente a presiones judiciales o políticas. Este principio está consagrado en la Ley 6132 sobre Expresión y Difusión del Pensamiento de la República Dominicana, y reforzado por la jurisprudencia constitucional y la doctrina internacional de derechos humanos.
La confidencialidad de la fuente no es un capricho, es una garantía que permite que ciudadanos, empleados públicos, denunciantes y víctimas puedan acudir al periodista con la seguridad de que su identidad estará protegida. Sin esa confianza, muchos actos de corrupción, violaciones de derechos humanos o abusos de poder jamás saldrían a la luz.
Este poder de proteger la fuente es precisamente lo que marca la diferencia entre un periodista colegiado y otras personas que ejercen comunicación en medios o redes sociales sin formación ni respaldo profesional. El periodista colegiado no actúa como vocero del rumor, sino como garante del derecho a la información y la integridad de sus fuentes.
Lamentablemente, en ocasiones se ha intentado vulnerar este principio, obligando a periodistas a revelar sus fuentes ante tribunales. Aquí es donde entra la fortaleza del periodista colegiado, respaldado por instituciones como el Colegio Dominicano de Periodistas (CDP), que no solo reconoce su derecho al secreto profesional, sino que lo asume como una obligación ética inquebrantable.
El periodista que protege a su fuente protege también el derecho de toda la sociedad a estar informada. Esa labor no se negocia. La independencia del periodismo se construye con valentía, integridad y una firme defensa de los principios que lo sustentan. Por eso, el poder del periodista colegiado no está en el micrófono o en la pluma, sino en su capacidad de decir la verdad sin traicionar a quienes confían en él.
Esta facultad legal y moral marca el poder y la diferencia entre el verdadero periodista profesional y quienes simplemente comunican desde plataformas sin regulación ni formación. Es en ese acto de proteger la confidencialidad donde el periodista colegiado demuestra su compromiso con la democracia y con el derecho de la sociedad a estar bien informada.
Hoy más que nunca, debemos alzar la voz para defender el secreto profesional como una piedra angular del periodismo libre. Y recordar que proteger la fuente es proteger la democracia.
LIC. ALEXIS ROSARIO, CDP, SNTP. FIP