La baja calidad de la educación en nuestro país no es casualidad ni producto de un simple descuido. Es la consecuencia directa de un sistema donde el tráfico de influencia, las preferencias políticas y el reparto de cargos pesan más que la verdadera vocación de enseñar.

En lugar de premiar a los buenos maestros que se preparan, estudian y sacan calificaciones ejemplares en concursos, sus expedientes terminan engavetados, porque a la hora de nombrar, lo que importa es “ayudar al compañero del partido” o responderle a un legislador. Esa práctica clientelista no solo aplasta la meritocracia, sino que alimenta la mediocridad y destruye la motivación de quienes ven la educación como un apostolado.

La provincia Monseñor Nouel no es la excepción. Aquí, como en otras demarcaciones, los legisladores y directores distritales se han repartido el pastel de los nombramientos docentes sin el menor pudor. La complicidad entre funcionarios y políticos convierte las aulas en escenarios de favores, mientras los estudiantes siguen recibiendo una educación deficiente que compromete su futuro.

Es momento de preguntarnos: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo vamos a seguir sacrificando generaciones enteras por mantener cuotas de poder? ¿Hasta cuándo permitiremos que el capricho político pese más que el talento y el compromiso? Si queremos rescatar la educación, hay que arrancar de raíz estas prácticas que, a la larga, nos llevan al abismo.

LIC. ALEXIS ROSARIO, CDP, SNTP, FIP