En cualquier jornada cotidiana, una persona puede iniciar el día con la expectativa de normalidad. Sin embargo, a medida que transcurren las horas, emergen sensaciones inesperadas: un nudo en el pecho, pensamientos intrusivos y una inquietud persistente. Es en ese momento cuando la ansiedad o la depresión se manifiestan, obligando a enfrentarlas aun sin disponer de las palabras precisas para nombrarlas.

A nivel mundial, millones de individuos padecen trastornos mentales sin ser plenamente conscientes de ello. Entre los más frecuentes se encuentran la ansiedad y la depresión, dos condiciones que con frecuencia permanecen invisibles debido al estigma social y a la vergüenza. La persistencia de estos tabúes en torno a la salud mental limita el acceso oportuno a la ayuda profesional y retrasa los procesos de diagnóstico e intervención.

Más allá del nerviosismo

La ansiedad no puede reducirse a un estado de simple nerviosismo. Se trata de un fenómeno psicofisiológico complejo, caracterizado por hiperactivación del sistema nervioso autónomo y una percepción amplificada de amenaza. Sus manifestaciones clínicas incluyen taquicardia, hiperventilación, sudoración excesiva, fatiga crónica, pensamientos negativos y, en casos graves, ataques de pánico.

La depresión, por su parte, no se limita a la tristeza pasajera. Constituye un trastorno afectivo que implica anhedonia (pérdida de interés por actividades previamente placenteras), disminución significativa de la energía, alteraciones cognitivas y un profundo sentimiento de vacío existencial. Ambas condiciones generan un impacto sustancial en la funcionalidad cotidiana, interfiriendo en el rendimiento académico, laboral y en la calidad de las relaciones interpersonales.

Una mirada a la realidad dominicana

En la República Dominicana, se estima que alrededor del 5.7 % de la población ha recibido un diagnóstico de trastornos de ansiedad. No obstante, la prevalencia real podría ser mayor debido al subregistro, a la persistencia del estigma y a la insuficiente disponibilidad de profesionales de la salud mental en el sistema sanitario público. Esta situación pone de manifiesto la necesidad urgente de fortalecer las políticas públicas en materia de salud mental, garantizando acceso a servicios especializados, programas de prevención y campañas de sensibilización comunitaria.

Reflexión final

La ansiedad y la depresión no deben ser concebidas como signos de debilidad o carencia de carácter, sino como enfermedades psicológicas y neurobiológicas que requieren comprensión, tratamiento y acompañamiento. He sido testigo de cómo estas condiciones pueden afectar de manera severa a individuos talentosos y trabajadores, y de cómo el silencio y la falta de apoyo agravan su sufrimiento.

Hablar de salud mental no constituye un lujo, sino una prioridad impostergable. Como sociedad, es necesario abandonar la percepción de la ansiedad y la depresión como problemáticas ajenas y reconocerlas como parte de nuestra realidad colectiva. Callarlas no es una opción; comprenderlas, prevenirlas y tratarlas constituye un deber ineludible.

LIC. MILANDA FERNANDEZ

PSICOLOGA EDUCATIVA